Repartidores a Domicilio: La Otra Cara del Servicio

Usuario Anónimo

Si hay algo cierto en la vida, es que no es lo mismo verla que bailar con ella, y un ejemplo de eso está en el trabajo de los repartidores a domicilio.

¡Hola! Yo soy el repartidor a domicilio, mi nombre no es muy importante ya que se puede decir que tengo muchas caras.

Somos parte de una sociedad que cada día parece ser más egoísta e indiferente ante la necesidad y los problemas de las demás personas; de un mundo individualista, donde solo nos importa estar bien y que los demás se arreglen como puedan, o al menos así era antes de la pandemia mundial.

Solo cuando nos tocó alejarnos de nuestros seres queridos y vivir encerrados empezamos a extrañar todos esos pequeños momentos que nunca valoramos, nos dimos cuenta de qué tan importantes son las personas que nos rodean, esas que hoy en día están realizando actividades que muchos no pueden debido a la cuarentena.

Pero muchas veces, esos a quienes llamamos «héroes sin capa» no la tienen nada fácil.

Ser repartidor express puede parecer una tarea sencilla, y en teoría así debería serlo, pero esta no es la realidad. Desde aguantar hambre, calor o frío, hasta trabajar largas jornadas diarias por un pago mínimo, la vida de los repartidores está llena de pequeñas batallas que no tan evidentes al ojo público.

Los repartidores muchas veces son tratados con arrogancia, desprecio, apatía y falta de solidaridad en la mayoría de cadenas de restaurantes, y lo más curioso es que son maltratados por lo mismos empleados de estas cadenas.

Quizás es el mismo trato que ellos reciben de sus superiores y ven en los repartidores una forma de desahogar la frustración de ser menospreciados de esa manera; aunque estas son meras especulaciones.

Pero, y nosotros los repartidores ¿Con quién descargamos esa frustración? Debemos aguantar y callar, esperar hasta una hora para que alisten y nos entreguen un pedido, en zonas aledañas a basureros, bajo la lluvia o con el sol sobre nuestras cabezas para no ser un «estorbo» para los clientes.

Algunas empresas consideran que a sus clientes les molesta nuestra presencia dentro del local.

Preguntar si un pedido está listo puede llegar a ser una condena a una espera aún mayor, porque si el encargado de alistarlos se molesta, entonces lo puede dejar de último. Una vez recibido el pedido sigue la aventura de entregarlo, ojalá que esté bien empacado y las bebidas no se derramen dentro del bolso porque el cliente asumirá que es culpa del repartidor.

A veces, al revisar la ubicación, en la nota solo dice «casa de portón negro» ahí la situación se complica aún más. Al llegar hay 6 “casas de portón negro”, al llamar al cliente, no responde pero sale de su casa casi diez minutos después molesto porque no logramos adivinar cuál de las seis casas con portón negro era la suya.

Una vez entregado el pedido nos retiramos para esperar a recibir el siguiente. En una aplicación podemos llegar a recibir 650 colones por una entrega que nos tomó una hora completar, más una mala calificación por parte del restaurante por preguntar por el pedido y otra mala calificación del cliente por no atinar la dirección.

Todos nos califican pero ¿Y nosotros los repartidores? Estamos sin derecho a reclamar nada, porque no tenemos ni a quien reclamarle, y aunque todos nos califiquen, muchos no nos dan el respeto o el trato digno que merecemos.

Pero al final del día no todo en nuestro trabajo es malo.

No todo es malo también Existen empresas que tienen gestos de empatía y gratitud, que sí tienen un valor más humano con el trato para este gremio. Uno de los casos por mencionar alguno es el de la cadena de supermercados AmPm y Fresh market.

Empresas que con un gesto tan simple como el de regalarle un detallito, a sus repartidores, han marcado una gran diferencia y muy probablemente han solventado una de las comidas del día para más de uno de sus trabajadores de repartidores a domicilio.

Por otro lado, en nombre de todos los repartidores quiero agradecer a esa señora de la sodita de la esquina que nos regala un fresco o un vaso de agua mientras esperábamos el pedido, a ese cliente que con una sonrisa y agradecimiento sincero se despidió después de recibir su pedido.

No todo es negro, día a día también recibimos un trato generoso de algunas personas. Una gesto simple de amabilidad nos carga de la energía positiva que nos impulsa a seguir trabajando y nos demuestra que lo que hacemos es de gran utilidad en una economía que se encuentra momentáneamente paralizada.

¡Solo pedimos respeto! El mismo que cada uno de nosotros merece en esta vida.

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